¿Qué son las adicciones?

Justo antes de nacer tomé conciencia de mí mismo. Abrí los ojos y pude ver la luz, sentía mi cuerpo vibrar como queriendo salir a algún lugar y los primeros sonidos que reconocí fueron los latidos de mi propio corazón. Sentía que todo era perfecto, fácil, seguro, que nada existía antes de mí, que nada podía pasarme. Así fue como vine al mundo y así fue como comencé a percibir que existía algo diferente a mí, que había algo por descubrir y que en ese nuevo mundo era donde podría crecer seguro.

Estas podrían ser nuestras primeras sensaciones. Cuando nacemos nos abrimos a la experiencia y lo hacemos en un estado de confianza plena y en la necesaria seguridad de ser bien recibidos. Y ya en ese mismo instante descubrimos cómo se activa en nosotros un poderoso mecanismo de supervivencia que nos permite abrir nuestros pulmones para respirar como nunca antes lo habíamos hecho y que nos lleva a amamantarnos con una fuerza que sorprende por nuestro pequeño tamaño. Este mecanismo de supervivencia está grabado en las partes más primitivas de nuestro cerebro y nos acompaña en cada una de nuestras experiencias desde el mismo momento de nuestro nacimiento, tal vez incluso antes.

El ser humano es complejo por lo que tratar de comprendernos desde modelos lineales en los que A es la causa de B o desde modelos sesgados en los que sólo se tienen en cuenta algunas de nuestras partes, no nos permite conocernos con claridad. Por eso explicar las adicciones desde un modelo biologicista en el que sólo se tengan en cuenta nuestras estructuras cerebrales y el efecto que en ella causan las sustancias no nos sirve. Considerar las adicciones como enfermedad ha conducido a que en muchas ocasiones sólo se aborden teniendo como principales y casi únicos objetivos terapéuticos el cambio de conductas y el logro de la abstinencia, a que se priorice la farmacoterapia como tratamiento y a que se perciba al adicto como un “paciente” y, por tanto, como alguien que debe seguir las prescripciones y que tiene poca capacidad para saber lo que necesita o para tomar decisiones relacionadas con su propio desarrollo.

Pero sigamos con la historia de nuestro pequeño ser….

Fui creciendo, mi cuerpo iba cambiando y fui aprendiendo a relacionarme con lo que me rodeaba de la mejor manera que podía para seguir sobreviviendo. A veces estaba en calma cuando alguno de mis padres me cogía en brazos o me contaba un cuento, pero otras muchas veces todo cambiaba y mi cuerpo temblaba al oírlos discutir, al escuchar las repetidas amenazas de ruptura, al ver que yo desaparecía ante sus ojos y que no me veían cuando les gritaba para que pararan. Por eso aprendí a meterme en mi cuarto, a esconderme jugando con cualquier juego… así lograba que aquel ruido desapareciera para mí. Empecé a comprender que aquel mundo en el que había nacido no era tan seguro ni tan acogedor como necesitaba y que por eso tendría que seguir poniendo en marcha mi mecanismo de defensa.

El miedo, la culpa, la vergüenza y la rabia aparecen casi siempre tanto en el adicto como en la familia adicta. Y digo familia adicta porque también la familia participa en la historia de la adicción. Claro que no sólo la familia. También los amigos, el barrio en el que vivimos, las oportunidades formativas y culturales que tenemos, todo ello puede ir participando de un modo u otro en cómo se configura la historia de cualquiera de nosotros y por tanto la de cualquier adicto; pero sin duda la familia es lo más importante.

En el colegio me llamaban Pelo Pollo. Mi pelo anaranjado, mi piel clara y mi delgado cuerpo eran diana de muchos comentarios, a cuál más despectivo y ridiculizante, palabras y gestos que provocaban risas cómplices y miradas de espectadores compasivos que se alegraban de no ser ellos los protagonistas y de estar en ese otro lado. Yo trataba de no echarles cuenta, no respondía a sus provocaciones, seguía poniendo en marcha mi mecanismo de defensa, hacer como que aquello no estaba pasando, y eso me ayudaba; aunque poco a poco todo aquello iba calando. La mayoría de los compañeros de clase me evitaban, sólo compartían mesa otros que como yo eran los apestados, y aunque eso no me importaba demasiado, en el fondo deseaba por algún momento ser yo el que insultaba, el que amenazaba, el que lideraba, el que no tenía miedo, ese miedo que me acompañaba cada día que entraba en clase y que sólo parecía desaparecer cuando me encerraba en mi cuarto a jugar con la Play.

En casa decían que era un chico bueno, que no daba ruido, que no tenían que preocuparse por mí. Mis notas eran buenas, no las mejores, pero nunca suspendía. Mientras el tiempo pasaba y yo cada vez estaba más acostumbrado a las discusiones en casa, a pasar desapercibido en mi cuarto y a tratar de esconderme en la calle. Un día un compañero me propuso fumar un pitillo de la risa, de esos que no están permitidos y me dije “¿y por qué no?” y así, sin más, fue como empecé a fumar. Saber que por una vez estaba haciendo cosas que sólo los más atrevidos hacen y que las miradas de aquellos que se metían conmigo estaban cambiando a miradas de sorpresa y aprobación, hacía que aquello de fumar fuera otra manera de sobrevivir. Empecé a sentir que ya no tenía que esconderme en clase, que todos dirigían su mirada hacia mí, pero ahora con respeto y algunos incluso con cierto temor, y aquello me hacía sentir seguro. Aunque las notas empezaron a bajar y llegaba algún que otro parte del colegio a casa, el precio me parecía asumible porque por una vez me sentía vivo.

También las familias desarrollan sus propios mecanismos de defensa para sobrevivir. Muchas veces ante cambios en los comportamientos de los hijos, tendemos a atribuir las causas a factores como las malas influencias de otros, le época en la que vivimos, la edad, la pérdida de valores, etc. y aun cuando todo ello pueda tener sentido, también puede hacernos un poco miopes ante la realidad que tenemos frente a nosotros y ante la que no tenemos recursos. Minimizar lo que está sucediendo o incluso negarlo, victimizarnos como padres que hacen todo lo que pueden y lo dan todo por sus hijos, sentir que estamos demasiado ocupados en nuestras muchas responsabilidades y que ya tenemos demasiados problemas encima como para hacernos cargo de esas chiquilladas, pensar que es cosa de la edad y que no podemos hacer nada, todo eso sólo nos aleja de la posibilidad de entender lo que realmente está sucediendo. De este modo es como podemos seguir con nuestras aceleradas vidas dejando a un lado las dificultades para las que no tenemos respuesta y así seguir sobreviviendo.

Ya hacía tiempo que no me quedaba encerrado en el cuarto. Y si alguna vez volvía a escuchar aquellas discusiones que tanto me habían asustado de pequeño, ahora podía irme de casa y sentirme seguro en la calle, con los colegas con los que aprendí a fumar y a beber y a los que no les importaba ni mis notas ni cómo me iban las cosas, tan sólo nos reuníamos a compartir lo que consumíamos y a reírnos del resto del mundo. Un día llegué a mi casa un poco pasado de rosca y fue la primera vez que mi padre me vio, no era la primera vez que aquello sucedía ante sus ojos, pero nunca antes me había visto como lo hizo en esa ocasión. No recuerdo bien sus palabras, pero sé que fueron irritantes. Sí recuerdo que le escuché decir que era por mi culpa que ellos estuvieran así de mal, que llevaban tiempo sin hablar de otra cosa que no fuera de mí, que estaban ya muy hartos de mi mal comportamiento y que si seguía así tendrían que hacer algo. Yo no entendía qué quería decir con todo aquello, tan sólo me fui, no quería escuchar tanto ruido, mi mecanismo de defensa se activó, y busqué a mis colegas para sentirme seguro. Algo se movía en mí, no quería sentirme culpable de lo mal que lo estaban pasando mis padres, pero la verdad es que en el fondo saber que yo les importaba era algo bueno, era como si ahora sí pudieran verme cuando era yo el que hacía ruido, y de alguna manera me calmaba saber que, al menos, ya no discutían por separarse, si no que lo hacían por mí.

Casi siempre necesitamos entender para qué sirve la adicción, qué función tiene tanto para la persona como para la familia; comprender que puede ser un mecanismo de supervivencia y que por tanto nos está protegiendo, a un precio muy elevado, de algo que necesitamos descubrir si realmente queremos que las cosas cambien.

Para mirar las adicciones de manera más comprensiva y profunda necesitamos entender por tanto que, más allá de la conducta que observemos, más allá de la adicción y de todo lo que se compromete con ella, necesitamos mirar el mundo interno de la persona y de la familia, comprender qué sufrimiento o qué vulnerabilidad les ha llevado a desarrollar un mecanismo de defensa tan costoso para poder seguir adelante y sólo desde ahí podremos descubrir otras estrategias que ayuden a afrontar esas dificultades de manera más sana.

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